Portentosa talla, labrada en madera de caoba del Brasil, policromada, en la que Juan Manuel Miñarro López representa a Cristo difunto, en posición decúbito supino, con la mano diestra extendida como consecuencia del rigor mortis, y la izquierda, elegantemente posada sobre el vientre, insinuando maneras de los prototipos del Barroco castellano, concebido principalmente por Gregorio Fernández.
De estudiada anatomía, la efigie revela ese clasicismo olímpico, que se combina con valores inherentes a un desnudo heroico. Asimismo, sus facciones se muestran perfectamente dibujadas, cuya serenidad expresiva se contrapone con el agarrotamiento de las rodillas a causa de la rigidez cadavérica que se atisba igualmente en los pies. En este sentido, se observa claramente una contraposición de las extremidades inferiores, recurso muy utilizado en la escultura tardorrenacentista y protobarroca del foco sevillano, quedando elevada la pierna diestra, mientras que la izquierda cae desplomada por el fallecimiento. Esta elevación de la extremidad inferior derecha permite que tal costado quede completamente al desnudo, a la usanza ‘gregoriana’, toda vez que el sudario, resuelto a base de un modelado abrupto y con profusión de pliegues, queda desprovisto del clásico cordón que habitualmente ciñe la cintura de los crucificados, yacentes y resucitados, con el fin de sujetar el paño que se dispone para cubrir la zona púdica.
La cabeza entronca con los modelos montañesinos, en cuanto a la finura del cabello se refiere, mientras que su distribución se asemeja a los prototipos de Juan de Mesa, siendo dividida la masa capilar en dos mitades a través de una marcada línea. Un largo mechón de pelo cae sobre el hombro derecho, casi apuntando al pecho, detalle que se conjuga perfectamente con la puntiaguda barba, resuelta con sinuosas guedejas.
El escultor concibe un rostro viril, caracterizado por su faz alargada, pómulos marcados, ojos entreabiertos, permitiendo el arqueo de las cejas y el tímido encogimiento de la frente, pestañas delineadas a pincel, labios carnosos y amoratados, boca entreabierta, dejando ver la dentadura, y nariz aguileña, recordando los modelos de Francisco Buiza Fernández, maestro de Miñarro.
La anatomía, de complexión fornida, se halla resuelta de forma realista, con precisión de detalle de los músculos pectorales, amén de resaltar las venas, huesos y tendones en piernas, pies y manos.
Como suele ser habitual en las interpretaciones cristológicas de Juan Manuel Miñarro, la imagen presenta unas carnaciones tostadas, combinadas con tonos verdosos para determinadas zonas, lo que contrasta con el púrpura de las heridas que se reparte por todo el cuerpo, siendo escalofriantes las contusiones de los hombros. De la llaga del costado, provocado por la Lanzada, emana sangre y agua, simulado al incrustar pequeñas gotas de cristal, lo que da sensación de realismo, en clara apuesta por la humanización de la efigie.
La lógica ausencia de la corona de espinas permite distinguir tres pequeños orificios en la frente y un resto de espina fijada a un cuajaron de sangre reseca, del mismo modo otra espina atraviesa la oreja izquierda, quedando enmarcado el rostro de sangrientas heridas producidas por la imposición del atributo burlesco tras la flagelación y por los golpes y bofetadas infringidos en los diversos interrogatorios.
El Santísimo Cristo de la Caridad fue bendecido por el entonces director espiritual de la corporación, Fray Miguel Francisco Sagredo Jiménez, O.F.M., el sábado 27 de febrero de 1999, en la iglesia parroquial de San Agustín, templo custodiado por los Padres Franciscanos.
Texto: Rafael Rodríguez Puente
Me pareces tan hermoso,
Señor, así, desclavado,
que casi admiro al malvado
verdugo vil y alevoso.
Tu corazón generoso
por la lanza destrozado,
mejor que vivo y colmado,
muéveme al llanto copioso.
Perdona mi desvarío...
Es que así mueve mi amor
el mirarte, Jesús mío,
sumiso así y entregado,
que deseo, mi Señor,
estar contigo enterrado.
Fray Fermín María, O.F.M.