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19 noviembre, 2006

SANTÍSIMO CRISTO DE LA CARIDAD

Portentosa talla, labrada en madera de caoba del Brasil, policromada, en la que Juan Manuel Miñarro López representa a Cristo difunto, en posición decúbito supino, con la mano diestra extendida como consecuencia del rigor mortis, y la izquierda, elegantemente posada sobre el vientre, insinuando maneras de los prototipos del Barroco castellano, concebido principalmente por Gregorio Fernández.

De estudiada anatomía, la efigie revela ese clasicismo olímpico, que se combina con valores inherentes a un desnudo heroico. Asimismo, sus facciones se muestran perfectamente dibujadas, cuya serenidad expresiva se contrapone con el agarrotamiento de las rodillas a causa de la rigidez cadavérica que se atisba igualmente en los pies. En este sentido, se observa claramente una contraposición de las extremidades inferiores, recurso muy utilizado en la escultura tardorrenacentista y protobarroca del foco sevillano, quedando elevada la pierna diestra, mientras que la izquierda cae desplomada por el fallecimiento. Esta elevación de la extremidad inferior derecha permite que tal costado quede completamente al desnudo, a la usanza ‘gregoriana’, toda vez que el sudario, resuelto a base de un modelado abrupto y con profusión de pliegues, queda desprovisto del clásico cordón que habitualmente ciñe la cintura de los crucificados, yacentes y resucitados, con el fin de sujetar el paño que se dispone para cubrir la zona púdica.

La cabeza entronca con los modelos montañesinos, en cuanto a la finura del cabello se refiere, mientras que su distribución se asemeja a los prototipos de Juan de Mesa, siendo dividida la masa capilar en dos mitades a través de una marcada línea. Un largo mechón de pelo cae sobre el hombro derecho, casi apuntando al pecho, detalle que se conjuga perfectamente con la puntiaguda barba, resuelta con sinuosas guedejas.

El escultor concibe un rostro viril, caracterizado por su faz alargada, pómulos marcados, ojos entreabiertos, permitiendo el arqueo de las cejas y el tímido encogimiento de la frente, pestañas delineadas a pincel, labios carnosos y amoratados, boca entreabierta, dejando ver la dentadura, y nariz aguileña, recordando los modelos de Francisco Buiza Fernández, maestro de Miñarro.

La anatomía, de complexión fornida, se halla resuelta de forma realista, con precisión de detalle de los músculos pectorales, amén de resaltar las venas, huesos y tendones en piernas, pies y manos.

Como suele ser habitual en las interpretaciones cristológicas de Juan Manuel Miñarro, la imagen presenta unas carnaciones tostadas, combinadas con tonos verdosos para determinadas zonas, lo que contrasta con el púrpura de las heridas que se reparte por todo el cuerpo, siendo escalofriantes las contusiones de los hombros. De la llaga del costado, provocado por la Lanzada, emana sangre y agua, simulado al incrustar pequeñas gotas de cristal, lo que da sensación de realismo, en clara apuesta por la humanización de la efigie.

La lógica ausencia de la corona de espinas permite distinguir tres pequeños orificios en la frente y un resto de espina fijada a un cuajaron de sangre reseca, del mismo modo otra espina atraviesa la oreja izquierda, quedando enmarcado el rostro de sangrientas heridas producidas por la imposición del atributo burlesco tras la flagelación y por los golpes y bofetadas infringidos en los diversos interrogatorios.

El Santísimo Cristo de la Caridad fue bendecido por el entonces director espiritual de la corporación, Fray Miguel Francisco Sagredo Jiménez, O.F.M., el sábado 27 de febrero de 1999, en la iglesia parroquial de San Agustín, templo custodiado por los Padres Franciscanos.
Texto: Rafael Rodríguez Puente
Me pareces tan hermoso,
Señor, así, desclavado,
que casi admiro al malvado
verdugo vil y alevoso.

Tu corazón generoso
por la lanza destrozado,
mejor que vivo y colmado,
muéveme al llanto copioso.

Perdona mi desvarío...
Es que así mueve mi amor
el mirarte, Jesús mío,
sumiso así y entregado,
que deseo, mi Señor,
estar contigo enterrado.

Fray Fermín María, O.F.M.

MARÍA SANTÍSIMA DE LAS PENAS

Lejos de los cánones de belleza recreados por el escultor Juan de Astorga Cubero y de los patrones del maestro Buiza, ofrecidos en imágenes marianas como la Dolorosa (1991) de la localidad almeriense de Santa María del Águila y la Amargura (1994) de El Parador, en la Virgen de las Penas se pone de manifiesto unos esquemas totalmente diferentes, al efigiar a una mujer madura, posiblemente inspirada en un modelo vivo, habilidad muy del gusto de Miñarro, cuyo rostro no queda exento de cierta virilidad y de depurada corrección estilística.
La titular de la corporación de la iglesia de San Francisco de Asís es una obra ideada para formar parte de un paso de misterio, ejecutada en madera de cedro, con cuerpo de candelero para ser vestida. Iconográficamente, María aparece cerrando la escena del Duelo, consolada por Santa Marta, y en compañía de María Cleofás y María Salomé, mientras que en un primer término se desarrolla la traslación del Cristo de la Caridad con la ayuda del lienzo que posteriormente serviría de mortaja, y donde participan José de Arimatea, Nicodemo y San Juan Evangelista, hallándose arrodillada María Magdalena, que besa los pies del yacente.
Juan Manuel Miñarro López plasma una Dolorosa inteligentemente modelada, donde se dibuja con pulcritud unos rasgos faciales muy marcados, incluido el anatomizado cuello, dejando entrever el dolor de una Madre por la muerte de su Hijo.
Su mirada es baja, los ojos se hallan hinchados por el llanto, como dilatadas se muestran las aletas de la delgada nariz, simulando la inspiración que provocan los suspiros del sufrimiento. Asimismo, las cejas, finas enarcadas, van en conjunción con el dramático fruncido del entrecejo y el encogimiento de la frente.
Sus labios carnosos, fácilmente identificable al quedar la boca entreabierta, ponen la nota sensual a tanto dramatismo.
La cabellera, tallada en melena que se extiende hasta la nuca, se peina hacia atrás desde la raya divisoria que separan las dos mitades de la testa, dejando al descubierto
parte de las orejas.

Texto: Rafael Rodríguez Puente
Términos en lo que se expresa el contrato de ejecución de la imagen, firmado con el Escultor Juan Manuel Miñarro López el sábado 4 de marzo de 2006.
... María Santísima, como madre de Jesús-Verbo encarnado, La Virgen es Madre de Dios, ocupa en la historia la figura central de la teología y piedad cristianas, la concebida sin pecado original, la corredentora del genero humano y mediadora universal de la gracia de Dios dispensada a los hombres para su salvación. Quien cuando se produjo la muerte del Señor debía tener unos cincuenta y siete años de edad, si atendemos a que los historiadores sitúan su nacimiento veinte años antes de nuestra era y añadimos también el error en tres años aproximadamente de nuestro actual calendario. Como consecuencia de ello la aspiración de la Hermandad es la de encontrar en su titular mariana a la mujer madura, rota y destrozada por el brutal castigo y muerte al que fue sometido Cristo, huyendo de esos modos y modas de manidos y repetidos clichés de Dolorosas jóvenes y sin apenas sufrimiento en su rostro. Más su contemplación debe constituir a la vez el consuelo que todo cristiano busca en María, en ese difícil equilibro, solo al alcance de los grandes maestros de la estatuaria sagrada, de la belleza del dolor.

Profunda la tristeza de tus ojos...
Demacradas las facciones de una madre...
Tremendas son las ojeras...
Puro dolor tu semblante...
Sola estás y abandonada...
Nuevas Penas van a darte
que al entierro de tu hijo
no dejan que le acompañes
.

SANTA MARTA

Aunque en ningún momento aparece Santa Marta en la escena del traslado del cuerpo de Cristo desde el Calvario al terreno donde se llevó a cabo el sepulcro, propiedad de José de Arimatea, la siempre recurrente inventiva andaluza ha propiciado que este personaje se incluya en el citado pasaje, no en vano los evangelios la distinguen como amiga del Maestro.
Estilísticamente, el modelado de la pieza almeriense presenta muchas similitudes con respecto a los grafismos empleados en la Virgen de las Penas, aunque se advierten lógicas variaciones que diferencian a uno y otro personaje. Nos hallamos, pues, ante una figura femenina erguida, de facciones geométricas, semblante juvenil y rostro contraído por el sufrimiento, características que denotan una posible inspiración tomada directamente del natural. La mirada baja subraya la sensación de tristeza por la muerte del Maestro, si bien intenta consolar a María, ubicadas ambas junto a la cruz desnuda con el sudario, que ondea en todas las direcciones a causa del viento, en la más pura e inteligente visión paisajística que Miñarro concibe en esta escena.
Labrada en madera de cedro, y de cuerpo de candelero, la cabeza se muestra ligeramente ladeada hacia la derecha, mientras que el cuero cabelludo tallado se peina totalmente hacia atrás, con ausencia de la habitual línea central, lo que da la sensación de mayor volumen. Gracias a esta disposición de la cabellera, se pueden apreciar los lóbulos auditivos, ligeramente reservados por la caída de las patillas al divisar la figura en posición frontal.
El óvalo facial carnoso se perfila con el suave hoyuelo que nace del mentón. Las cejas se apuntan arqueadas, el entrecejo se encuentra fruncido, los ojos son almendrados, la nariz es final y la boca se atisba entreabierta, marcada por unos labios carnosos.

Texto: Rafael Rodríguez Puente


Términos en lo que se expresa el contrato de ejecución de la imagen, firmado con el Escultor Juan Manuel Miñarro López el sábado 4 de marzo de 2006
... En Santa Marta, la amiga de Jesús, a cuya casa gustaba ir y a ella hospedarle, queremos encontrar la mujer joven pero con la madurez de ser la mayor de los tres hermanos, pues al decirnos los evangelios “Marta lo recibió en su casa”, hace suponer que los padres habrían fallecido, por lo que ella había asumido las responsabilidades de mujer de la casa. La libertad y la confianza con la que Marta trata a Jesús, son señal de una honda, sincera y fraternal amistad, lo cual, probablemente no era frecuente en aquella época. Esto nos hace concluir en la importancia de aquella mujer joven llamada Marta, que significa señora, quien después de María Santísima y junto a María Magdalena la convierten en uno de los personajes femeninos más importantes en la vida de Jesús. Es por ello que Marta ocupara en el misterio el lugar preferente del cortejo fúnebre de las Santas Mujeres, junto a María en actitud de consuelo de la amiga de Jesús a la madre del Maestro.

Ambas imágenes no solo estarán al culto, sino que recibirán el suyo propio, como Titulares que los son de la Hermandad. En lo ordinario la primera intención es que figurarán, al igual que en el paso, juntas en el su altar, para separarse solo en sus celebraciones propias. Santa Marta debe reunir a la vez una particularidad que la debe hacer dual en su función de imagen para la devoción, cual es encajarse en el dolor de la escena del Traslado al Sepulcro y a la vez conservar la serenidad de quien además se le profesara devoción por su patronazgo como modelo de “vida activa” para la ordenes religiosas femeninas que dedican al cuidado de enfermos o socorro de pobres y como patrona de la Hostelería.

Y Jesús venía a vuestra casa,
y os gustaba estar juntos.
Marta, santa Marta de Betania,
haznos valorar y cultivar la amistad como tú;
haznos atentos y serviciales como tú.
Marta, santa Marta de Betania,
enséñanos a estar cerca de Jesús,
enséñanos a confiar en él como tú confiabas,
danos un poco de tu fe convencida.
Marta, santa Marta de Betania,
ruega por nosotros a tu amigo Jesús.

SAN FRANCISCO DE ASÍS

ORACIÓN DE SAN FRANCISCO DE ASÍS POR LA PAZ

Señor:
Haz de mí un instrumento de Paz
Que allí donde haya odio, ponga yo amor.
Donde haya ofensa, ponga yo perdón.
Donde haya discordia, ponga unión.
Donde haya error, ponga verdad.
Donde hay duda que ponga yo fe.
Donde hay desesperación, ponga esperanza.
Donde hay tinieblas, ponga vuestra luz.
Donde hay tristeza, ponga yo alegría.
¡Oh Maestro!
Que no me empeñe tanto en ser consolado como en consolar; en ser comprendido como en comprender a los demás; en ser amado como en amar.
Porque dando, se recibe; olvidando, se encuentra; perdonando, se es perdonado; y muriendo, se resucita a la vida eterna.
Seráfico Padre San Francisco.
¡Rogad por nosotros!

BENDICIÓN DE SAN FRANCISCO

EL SEÑOR TE BENDIGA Y TE GUARDE,
TE MUESTRE SU ROSTRO
Y TENGA MISERICORDIA DE TI.
TE MIRE BENIGNAMENTE
Y TE CONCEDA LA PAZ.
EL SEÑOR BENDIGA ÉSTE SU SIERVO.

PAZ y BIEN

SAN JUAN APÓSTOL Y EVANGELISTA

Imagen procesional de vestir, realizada en madera de cedro. Juan Manuel Miñarro concibe al discípulo amado de estirpe naturalista, cuyo rostro define sin duda la personalidad y el valor expresivo del retrato escultórico. San Juan Apóstol y Evangelista aparece en la escena del traslado del cuerpo de Cristo junto a José de Arimatea, agarrando con sus manos el inmaculado lienzo y posicionado a la izquierda del yacente, en su parte trasera.
De facciones aristócratas, el personaje se muestra bajo una apariencia juvenil, caracterizado por su incipiente bigote y perilla, ensombrecida a punta de pincel en tonos grises. Entre tanto, su policromía se resuelve en tonos cálidos, al óleo, con la técnica del pulimento brillante.
La cabellera se distribuye a derecha e izquierda de la raya central, en una serie de suaves ondulaciones de las guedejas, mientras que unos mechones de cabellos apuntan hacia el hombro izquierdo al quedar inclinada la testa hacia esa dirección, produciéndose un brusco giro del largo cuello, concebido según los patrones manieristas. Esta distribución se hace efectiva en clara sensación de dinamismo al efectuarse un esfuerzo físico como consecuencia del soporte del cuerpo inerte del Maestro.
El dramatismo de la pieza se condensa en el fruncido del entrecejo y en la abertura de la boca, simulando el agotamiento del Apóstol, acentuado además por la disposición de tres lágrimas de cristal, dos en la mejilla derecha y una en la izquierda.
Con relación al atuendo, San Juan viste túnica color marrón seráfico, ceñida con soga con nudos también franciscanos y mantolín en tonalidad café, huyendo de esta forma de los tópicos sobre sus colores representativos, que lo atavían habitualmente con túnica verde –símbolo de la esperanza–, y mantolín rojo, en alusión a la sangre.
La efigie fue bendecida, junto a José de Arimatea y Nicodemo, el día 25 de septiembre de 2004, en la iglesia parroquial de San Agustín (PP. Franciscanos).
Texto: Rafael Rodríguez Puente

SANTA MARÍA MAGDALENA

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